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rulos


Titubea el pie, tiene miedo de pisar ese frío mármol. Un mármol que lo congelaría, dejándolo casi muerto. Buscaría calor, para luego sufrir la transpiración inevitable, para caer en la tentación de querer lluvia, luego un diluvio, después un tifón universal, luego un fuerte viento, más tarde una tenue brisa, para terminar (indefectiblemente) en esa caricia que lo llene de felicidad, para luego desearla todos los días, para después enfermar por su ausencia y caer en la trampa de recordarla, recordarla con amargura, con ese dolor vacío y por ese frío mármol…ese frío mármol.

El pie siente que no tiene que volver a pisar lo pisado, cree intentarlo, pero lamentablemente el latido del corazón se le incrementa a medida que roza un par de rulos de la enrulada cabellera colorada.

Entonces…piensa, con debilidad y sin mucha convicción, piensa y deja de lado (por unos tres segundos) ese sentir enrulado que le enrula el dedo gordo. Piensa que no es bueno romperse nuevamente el corazón, pero irremediablemente el pensar no le sirve absolutamente de nada.

Siente que la suerte está echada, siente que perderá antes de jugar y que no habrá revancha.

El pie naufraga lentamente en una pileta eterna, en un mar sin orillas. Busca desesperadamente una isla, un puente, un túnel, una escalera de dos metros con baranda, algo para agarrarse, lo que sea. En su defecto se conformaría con encontrar un foco que ilumine su andar, o un solcito tenue que le permita observar el horizonte, o (de última) una sola estrella que lo pueda guiar hasta el final del camino. Un camino enrulado que se convertirá en pared en un lapso de tiempo no muy lejano.

Sabe que la suerte está echada, sabe que perderá antes de jugar y que no habrá revancha.

Se queda quieto, se deja atrapar por esos rulos colorados.
En un último esfuerzo, intenta dejarlos, pero no puede.


Lamentablemente, no puede.
No quiere hacerlo.


foto: manu

laberinto


Silencio, silencio.



Por decirte algo. Fumo un poco. Silencio, silencio. Tengo que exteriorizar una palabra, dos, siete. El silencio comienza a maltratar a mi mente que piensa pero no encuentra el final del laberinto para dar con la pregunta que consistiría en poder tener un diálogo superficial.

Fumo un poco más. El cigarrillo se consume, silencio. Un poco más de tabaco, silencio, silencio, silencio. Ultima pitada, silencio. El cigarrillo se termina y lo apago en el cenicero redondo ubicado en el medio de la cama matrimonial entre ella y yo. Allí, como un punto territorial culmine, donde empieza su silencio y termina el mío.

Estamos a oscuras.

Debería justificar mi presencia de alguna manera, no hay tiempo, debo imaginar alguna forma espontánea de diálogo. Quizá podría hacerle algún mimo suave, casi sensible, para dar a entender lo agradable que es mirar el techo (que no se ve) y lo ameno de no hablar, sino de compartir el silencio que en realidad no se está compartiendo, desde el punto de vista de que yo estoy del lado derecho de la cama y mi silencio es abarcativo sobre ese lado nomás, es decir, mi silencio no es el mismo que el de ella, claramente.

¿Cómo lo sé?

Ella respira acelerada, como nerviosa, debe estar sufriendo esta situación muda. Dirán, “pero usted también sufre”. Cierto es, pero mi sufrimiento dista mucho al de ella. No estamos conectados en este momento, ella sufre, no sufre lo que yo estoy sufriendo, es otra cosa, no lo sé, sigo en el laberinto.

En el laberinto.

Las paredes son lisas, grises, como sin pintar. El cielo es gris también y uno se confunde. El camino no tiene variables y no hay giros, no hay caminos que elegir, pero es un laberinto. Trepo una pared para ver que hay más allá y observo más caminos uniformemente paralelos.

Arriba de la pared me quedo sentado, resignado.


En la cama.

Me paro avergonzado, busco el pantalón, me lo pongo y salgo sin decir adiós.

foto: manu