Ella camina hacia él.
Dieciséis metros los separan. Ella puede observarlo con nitidez, ver como muerde los labios, como cierra los ojos, como se queda sin aliento, como respira acelerado.
Ocho metros, algunos pasos bastan para poder abrazarlo, para tranquilizarlo, para hacerlo sonreír, para hacerlo olvidar, para escupir aquello que contamina, para empezar a imaginar unos besos en la espalda con gusto a uva (tal vez).
Cuatro metros, y sus voces parecen mezclarse en un susurro. El viento calma al tiempo, un lapso que se olvida entre tanto espacio caminado. El silencio sigiloso espera el momento en que una mano roce a la otra. Todo es una espera, una pausa, un momento de inflexión, un instante, una intriga.
Dos metros. Parece que se sienten, los pies se susurran, el dedo gordo algo le dice al meñique. La impaciencia retumba con constancia. Lo irreal se transforma en algo concreto.
Un metro. En la necesidad de un “todo”, en la necesidad de paliar esa intriga irreal y real. En la necesidad de probar aquello ajeno. En el afán de no poder contenerse. En la crueldad de la duda…él (si, él), sucumbe dando un paso hacia adelante.
Es un error.
Ella siente como el furor de los gritos de su mente la martirizan, el temor la apodera. Se intimida por ese paso, por ese insignificante paso dado por él. Ella se aleja, recula porque sufre y recuerda. Las imágenes le parten la cabeza, vuelve aquello anterior, aparentemente olvidado, eso otro, aquel. Ahora duda de sus pensamientos, se marea, pierde la línea. Pierde ese maldito equilibrio existencial. Ella se aleja despacito soltando alguna lágrima, para luego girar, darse vuelta y correr.
El se queda quieto y la observa alejarse.
No la sigue,
Dieciséis metros los separan. Ella puede observarlo con nitidez, ver como muerde los labios, como cierra los ojos, como se queda sin aliento, como respira acelerado.
Ocho metros, algunos pasos bastan para poder abrazarlo, para tranquilizarlo, para hacerlo sonreír, para hacerlo olvidar, para escupir aquello que contamina, para empezar a imaginar unos besos en la espalda con gusto a uva (tal vez).
Cuatro metros, y sus voces parecen mezclarse en un susurro. El viento calma al tiempo, un lapso que se olvida entre tanto espacio caminado. El silencio sigiloso espera el momento en que una mano roce a la otra. Todo es una espera, una pausa, un momento de inflexión, un instante, una intriga.
Dos metros. Parece que se sienten, los pies se susurran, el dedo gordo algo le dice al meñique. La impaciencia retumba con constancia. Lo irreal se transforma en algo concreto.
Un metro. En la necesidad de un “todo”, en la necesidad de paliar esa intriga irreal y real. En la necesidad de probar aquello ajeno. En el afán de no poder contenerse. En la crueldad de la duda…él (si, él), sucumbe dando un paso hacia adelante.
Es un error.
Ella siente como el furor de los gritos de su mente la martirizan, el temor la apodera. Se intimida por ese paso, por ese insignificante paso dado por él. Ella se aleja, recula porque sufre y recuerda. Las imágenes le parten la cabeza, vuelve aquello anterior, aparentemente olvidado, eso otro, aquel. Ahora duda de sus pensamientos, se marea, pierde la línea. Pierde ese maldito equilibrio existencial. Ella se aleja despacito soltando alguna lágrima, para luego girar, darse vuelta y correr.
El se queda quieto y la observa alejarse.
No la sigue,
es un adiós,
una liberación.
foto: manu

